Unos cuerpos son como flores, otros como puñales, otros como cintas de agua; pero todos, temprano o tarde, serán quemaduras que en otro cuerpo se agranden, convirtiendo por virtud del fuego a una piedra en un hombre.
Nadie acepta ser viejo porque nadie sabe serlo, como un árbol o como una piedra preciosa.
El mundo es un absurdo animado que rueda en el vacio para asombro de sus habitantes.
El amor es insensato, no razona. La razón busca un beneficio. El amor se te declara, consumiéndose, inmutado. sin embargo, en medio del sufrimiento, el amor avanza como una rueda de molino, sencilla y de dura superficie.
Si soy la lengua sucia tu eres la palabra debil, si soy la causa de tu rabia en esta labia fértil
Para decir la verdad, poca elocuencia basta.
La verdadera elocuencia consiste en no decir más de lo que es preciso.
El silencio es el signo de la sabiduría y la locuacidad es señal de la estupidez
Saber escuchar es el mejor remedio contra la soledad, la locuacidad y la laringitis.
La envidia que parla y que grita es siempre inhábil; se debe temer bastante en cambio la que calla.
Lo que pasa en nuestro tiempo es que el ser humano está perdiendo el control y está cargándose un sistema de equilibrios larga y cuidadosamente construido. El mundo se nos está yendo de las manos. La rueda gira cada vez más rápido y no tenemos el tiempo ni la serenidad para ver lo que estamos haciendo.
La prisa lleva maravilla y lleva error, pero viajamos sobre rueda encabritada. He despertado en el ojo del ciclón, cuento millones de agujeros en el alma
No es lo que el orador dice, sino quién es, lo que da peso a la elocuencia
No sabía como encontrarla su alegría y agradecimiento y la aseguró que la amaba más que a si mismo. Mal hilvanadas salieron las palabras de los labios de ambos, pero a esto se debió que fueran más atractivas, pues poca elocuencia es señal de mucho amor.
Saber escuchar es el mejor remedio contra la soledad, la locuacidad y la laringitis.
El silencio es el signo de la sabiduría y la locuacidad es señal de la estupidez
La envidia que parla y que grita es siempre inhábil; se debe temer bastante en cambio la que calla.