Pero ni aun así adquirió el difunto un aspecto púdico y decente: era un muerto de carnaval, ni siquiera mostraba sangre de bala o de puñalada corriéndole por el pecho que pudiera rescatarlo de su condición de mascarita.
Sólo dejaba que los tiros volaran. Ya sabes, sin dejar ninguna bala en la recámara
Su piel, puesta a punto de caramelo por efecto de los rayos de sol, suscitaba deseos de morder.