En uno de los extremos del pueblo, de casas bajitas, un perro se quejaba del frío y de la soledad, y, levantando el hocico hacia su dios, le daba su elocuente opinión sobre el mundo tal como él lo veía.
Nada más elocuente que la elección.
La palabra elocuente sólo es necesaria a los espíritus pobres; los espíritus ricos son silenciosos.