La besó en la mejilla lo más cerca posible de la boca, deseando con pasión permanecer a su lado eternamente para preservarla de las sombras. Olía a yerbas y tenía la piel fría. Supo que amarla era su destino inexorable.
Por tu mejilla resbalaba una lágrima. Sin secarla, me mostrabas un puñado de arena. ¡Imposible olvidarla!