Cuando se es niño, nuestra mente es como una especie de solución saturada de sentimientos, como una suspensión de todas las emociones, pero en estado latente, en condiciones de indeterminación.
El jardín, con su serena belleza bañada por la luna, su celestial inocencia, su teología de estrellas, era para mí a la vez un reproche y un consuelo. Traté de reflexionar, de analizar...Los dos esfuerzos fracasaron; y quizá en este silencio del alma, en esta suspensión de todas las voces clamorosas de las pasiones, es cuando más preparados estamos para oír la voz de Dios.