La unidad exige un claro propósito y una estrategia común variada en su aplicación pero no aguada por malabarismos palabreros. Es, a nuestro juicio, lo mínimo que podemos ofrecer a los pueblos de América Latina.
El consorcio es el nieto enriquecido del conventillo, claro que mientras entre los pobres se compartían las necesidades y los sueños entre los ricos solo se convive en el palier, de pie y en compañía de un letrado, eso es el progreso.