Suelen hacer falta tres semanas para preparar un discurso improvisado.
Fuera de media docena de personas en cada ciudad, los demás vecinos están orgullosos de haber conseguido permanecer en la ignorancia, cosa bien fácil de alcanzar. Ser intelectual o aficionado al arte es tanto como ser afectado y de cualidades equívocas.
La izquierda española no parece haber comprendido que la obligación de proteger el derecho a la libre expresión no tiene que ir siempre unida a defender las opiniones que se vierten.