Sólo tengo una palabra: paz. Ya nos hemos matado demasiado; entendámonos en un régimen de libertad poniendo todos de nuestra parte lo que sea necesario. Hay que hacer una España nueva entre todos los españoles. No soy más que un viejo predicador de la paz y la reconciliación. No tengo de rojo más que la corbata.
Somos oradores sin fieles, ideólogos sin discípulos, predicador en el desierto. No hay nada detrás de nosotros; nada debajo de nosotros, que nos sostenga.
Leandro Alem fue el tribuno que con su temperamento romántico concibió esta gran fuerza y se entregó a ella enteramente. El destino lo quebró en un momento de amargura, tal vez dudando de que la obra a la que entregaba su vidapudiera realizarce: ¡triste destino! Por eso su memoria tiene contornos trágicos de emoción profunda para todos los radicales.
La ignorancia no discierne, busca un tribuno y toma un tirano. La miseria no delibera, se vende. Alejar el sufragio de manos de la ignorancia y de la indigencia es asegurar la pureza y acierto de su ejercicio. Algunos dirán que es antidemocrático pero la democracia, tal como ha sido ejercida hasta ahora nos ha llevado a este triste destino.
Yo no separo a Cristo y a Dios más que una voz del hablante o un rayo del Sol.