En lo tocante a la ciencia, la autoridad de un millar no es superior al humilde razonamiento de una sola persona.
El príncipe puede matar un millar de dragones, pero no puede destruir castillos o destronar reyes. No va con su carácter. Es un hijo obediente que trata, ¡Ay de él!, de ser digno del hombre al que llama su padre.