La falta de curiosidad o inapetencia por las culturas ajenas es, a mi entender, un índice de decadencia y pasividad, porque la cultura afectada por este síndrome se convierte en mero objeto de contemplación.
La decadencia sólo puede hallar factores cuando lleva la careta del progreso.
Desde hace muchos años estoy convencido de que el espíritu europeo está en declive y necesita volver a sus fuentes asiáticas. Durante años he honrado a Buda y he leído literatura india desde mi más temprana juventud. Después me acerqué a Lao Tse y a los demás chinos. El viaje a India fue tan sólo un pequeño complemento e ilustración de estas ideas y estudios.
Mientras más se hacen asequibles al ser humano los frutos del conocimiento más se distribuye el declive de las creencias religiosas.
La senectud nos traza más arrugas en el espíritu que en el rostro.
Verdaderamente es venerable aquella ancianidad que no por las canas, sino por los méritos, blanquea.
La palabra de la ancianidad es muchas veces oráculo.
Al envejecimiento debemos ir poniendo por dentro como el melocotón, aunque por fuera nos vayamos asemejando a una ciruela pasada. Si no ¿de que vale?