Ningún ángel visitante, ningún explorador de otro planeta, hubiera podido sospechar que en este orbe suave proliferaban las alimañas, unas bestias incipientemente angélicas que se torturaban a sí mismas y dominaban el mundo.
Soy hermosa y mi piel es suave y el viento del mar me devuelve rocío de tiernas tersuras.
El tiempo se deslizaba, incesante, con ese rumor sedoso que tiene la arena que cae de una esfera*
Como muñecas mecánicas se puede ver el mundo con ojos de porcelana y dormir año tras año, en una caja de terciopelo entre paletas y tul con el cuerpo relleno de paja se puede, a cada escandalosa caricia, sin ninguna razón gritar: ¡Oh, que feliz soy!
Es la tarde gris y triste. Viste el mar de terciopelo y el cielo profundo viste de duelo.