Muamar Gadafi no es una persona normal a la que se pueda envenenar o contra la que se pueda llevar a cabo una revolución.
Cuando todo lo que queremos de una persona es su cuerpo y, en el fondo, no queremos su mente, su corazón ni su espíritu (todos ellos inhibidores de los fluidos procesos de la era de las máquinas), reducimos esa persona a una cosa.