Desconocer nuestras raíces, separarnos de ellas, constituye el gesto suicida de un idiota.
Cuando se le da rienda suelta al pueblo -masa de lectores- se precipita por las calles, se lanza sobre el objetivo señalado, amenaza, ruge, rompe. Basta un gesto al estado mayor de la prensa para que se apacigüe y serene.