No está en nuestra mano carecer de pasiones, pero sí reinar sobre ellas.
En su interior había paz; nada bullía ni ejercía presión. En su alma volvía a reinar la acostumbrada noche fría que necesitaba para que su conciencia estuviera clara y tersa y pudiera asomarse hacia fuera: allí olió su perfume.
Cuando vaciles bajo el peso del dolor, y estén ya secas las fuentes de tu llanto, piensa en el césped que brilla tras la lluvia; cuando el resplandor del día te exaspere, y llegues a desear que una noche sin aurora se abata sobre el mundo, piensa en el despertar de un niño.
¿Dónde estarán los besos que aún nos quedan por contar?. Lo sabes tú y nadie más. Y al despertar me sentaré en mi lado del sofá para esperarte una vez más