Nunca jamás una carta a nadie, un mensaje, un retrato, ni la más leve esperanza. Siempre, a través de los años, el mismo silencio, la misma espera sin fin. Tan sólo aquel airoso caballo negro y aquella alegre yegua blanca que, al caer la tarde, solían mirar el castillo desde un promontorio, para enseguida escapar muy junto galopando como alma que lleva el diablo y sacudiendo sin cesar las crines.
Cambiar de idioma, para un escritor, es como escribir una carta de amor con un diccionario.
Vamos por este mundo como si tuviéramos uno de repuesto en nuestra maleta.
Tengo un stock de besos sin estreno y un camión de amor del bueno para ti.