Un amigo te diría que todo marcha mientras se muerde los labios y por ti no extrañaría cada fin de año los días que no volverás.
Cuando nos hayamos organizado bajo estos severos preceptos morales, y hayamos tomado el puesto que nos está señalado en la marcha del mundo, recién entonces podremos experimentar la dulce y retempladora melancolía que produce la conciencia del deber cumplido en su más alto concepto.