La fuerza de una cultura reside en su capacidad para abrirse a otras, para integrarlas e integrarse en ellas. No importa cuán diferentes sean, señala Habermas, todas comparten algunos principios, Ninguna cultura tolera la explotación de los seres humanos. Ninguna religión permite la matanza de inocentes. Ninguna civilización acepta la violencia o el terror.
Puesto que la conjunción del bien con la verdad es como un matrimonio, es evidente, que el bien ama á la verdad y la verdad al bien, y que éste y aquélla desean unirse mutuamente. La conjunción del mal con la falsedad, interiormente mirada, no es matrimonio, sino adulterio.
Las nacientes élites capitalistas no pretendían destruir a los aristócratas, sino unirse a ellos y para esto no tenían más remedio que imitar los cánones de consumo aristocráticos.