Un corazón formado en la intriga y habituado al crimen no puede ocultar por mucho tiempo el veneno que lo alimenta, y aunque la explosión de su malicia se dilata algunas veces, al fin se descubren sus progresos.
La última voz audible antes de la explosión del mundo será la de un experto que diga: es técnicamente imposible.
¡Deja de enviar a gente a matarme! Ya hemos capturado a cinco de ellos, uno de ellos con una bomba y otro con un rifle... Si usted no deja de enviar asesinos, voy a enviar de una manera muy rápida un trabajo a Moscú y desde luego no tendré que enviar a otro.
No hay noticias de España. ¡Ah, si yo tuviera barco! ¡Ah, si supiese volar! Pero apenas tengo un canto, ¿y de qué vale? El poeta, inmóvil dentro del verso, cansado de vana encuesta, harto de contemplación, quisiera hacer del poema no una flor: una bomba y romper con esa bomba el muro que envuelve a España.