Éstas son las últimas cosas -escribía ella-. Desaparecen una a una y no vuelven nunca más. Puedo hablarte de las que yo he visto, de las que ya no existen; pero dudo que haya tiempo para ello. Ahora todo ocurre tan rápidamente que no puedo seguir el ritmo. No espero que me entiendas.
Se ha escrito ya todo cuanto es posible para persuadirnos de que la muerte no es un mal, y tanto los hombres más débiles como los héroes nos han dado miles de ejemplos célebres en apoyo de esta opinión. Sin embargo, yo dudo que ningún hombre de buen sentido la haya creído nunca.